MÁGICA
CITA
(Homenaje a Jorge Luis Borges)
Lo encontré allí, sentado a la mesa de
un café de Palermo.
Era la hora en que el diario se adormila en los zaguanes y las hojas que ha decapitado
el otoño asumen su soledad sobre los espejos de agua.
La melancolía dibujaba, en los ojos del poeta, laberintos fugaces.
Sobre la curva del bastón, sus dos manos entretejían recuerdos
mientras abreviaban el tiempo de la espera.
Un hombre enorme, de melena lacia y dura abrió la puerta del café con
gesto de marcada omnipotencia. Detrás, los vidrios crujieron como quejándose.
En cada parroquiano, el corazón inició la alocada carrera hacia
ninguna parte. Los rostros empalidecieron y el horror se enquistó en los
ojos que optaron por abrirse, oceánicos, ante el estupor, o cerrarse para
evadir la realidad de una silueta amenazante.
-¡Paredes!-dijo, balbuceante, el poeta, quien conocía sobradamente
el modo de anunciarse de los guapos. Después, retiró sus manos
del bastón y, en señal de bienvenida, extendió, tembloroso,
la derecha, hacia la figura que había ultrajado la paz del salón.
-Sí, don Jorge, el mismo; soy Nicanor Paredes. Vengo a dejarle mi cuchillo
porque ha muerto el coraje y yo no soy hombre para pelear con el olvido. El tiempo
fue el ganador y voy a respetarlo. Vea, nunca me han gustado los traidores. Usted
lo sabe.
El malevo pidió una ginebra y apoyó su palma sobre la del poeta,
en señal de amical pacto. Borges solicitó un café y, dentro
del pocillo, se abrevaron algunas íntimas lágrimas.
La mística inaugurada me empujó a la calle, ahora en penumbras,
sobre la que algún envejecido farol bostezaba su luminoso cansancio.
En el interior del café, dos hombres fundían sus secretos sobre
los yunques de ambas soledades.
Después, Nicanor Paredes, con ademán quijotesco, deslizó el
cuchillo sobre el mostrador, para velarlo. En el acero, cuyo brillo había
desafiado el paso del tiempo, se demoraban las estrellas del sencillo barrio.
Borges se abrazó al malevo y el pasado se exilió en el ajedrez
que dibujaban, bajo la luna llena, las casonas bajas.
Amparados en el silencio, los portones lanzaron al viento una elegía para
eternizar el canto borgiano... y en cada esquina un réquiem esculpía
cicatrices que evocaban el nombre del último guapo.
Hoy, por las madrugadas, dos siluetas enredan bastón y chalina y van grabando
sus pasos en la magia de una manzana palermitana y mítica: Guatemala,
Serrano, Paraguay, Gurruchaga. |